¿ LA TIERRA TIENE UN LÍMITE ?

Desde niños nos enseñan que la Tierra nos provee de recursos naturales para poder sobrevivir, entendiendo a la naturaleza como un medio para satisfacer nuestras necesidades. Dicho de esta forma, suena como a una moneda de cambio que podemos intercambiar para nuestro bienestar, sin pensar en el resto de las especies que habitan este mundo con nosotros o en la salud de nuestro propio planeta. Nos enseñan que existen recursos naturales renovables y no renovables, como si los primeros fueran infinitos y pudiéramos utilizarlos a nuestro antojo.

Desde la década de los 70, se comenzó a hablar sobre los servicios ecosistémicos, que son aquellos “servicios” que la naturaleza o los procesos ecológicos proveen a todos los seres vivos y al planeta. No fue hasta el 2005 que este concepto se popularizó y formalizó, destacando que hay cuatro grandes categorías de estos servicios: los de apoyo, de provisión, de regulación y culturales.

Explico un poco cada uno de ellos: los de regulación son los que ayudan a la función de los ecosistemas, como la calidad del aire, la descomposición de residuos, la polinización, el control de plagas y enfermedades. Los de provisión son los beneficios materiales que obtenemos de los ecosistemas; por ejemplo: alimentos, agua y materias primas. Los culturales son los beneficios no materiales que enriquecen la calidad de vida, como la identidad cultural, la recreación o la inspiración que nos da la naturaleza. Y, por último, los de apoyo son necesarios para la producción de todos los demás, como la formación de los suelos, el ciclo del agua, los hábitats de las especies o el almacenamiento de nutrientes.

Con este concepto podemos entender que, sin estos servicios ecosistémicos, ninguna especie en el planeta podría sobrevivir, y eso incluye a nuestra especie, ya que somos animales que dependemos de otros organismos y procesos de la Tierra para vivir. Pensar que lo que obtenemos de la naturaleza es infinito o renovable nos ha llevado a degradar los ecosistemas y a no respetar otras formas de vida.

En este sentido, en el 2009 se propuso otro concepto llamado «los límites planetarios», los cuales son umbrales que no deben ser sobrepasados para garantizar la estabilidad de la Tierra y, por lo tanto, de nuestra vida. Sobrepasar estos límites implica un riesgo de generar cambios ambientales abruptos e irreversibles.

De los nueve procesos críticos identificados por la ciencia para regular la estabilidad del planeta, las evaluaciones más recientes (2025) indican que siete de los nueve límites planetarios ya han sido transgredidos, evidenciando una pérdida acelerada de biodiversidad y funciones ecosistémicas con tasas de extinción diez veces superiores al pasado geológico. El sistema terrestre enfrenta un calentamiento global intensificado por gases de efecto invernadero a un ritmo significativamente superior a periodos previos, junto al uso excesivo de nitrógeno y fósforo que genera zonas muertas en los océanos.

Esta crisis se profundiza por la destrucción de bosques para fines agropecuarios, la contaminación por sustancias sintéticas y microplásticos que el entorno no puede procesar, y un grave desequilibrio en la disponibilidad hídrica debido al consumo agrícola masivo. Asimismo, la acidificación oceánica compromete la vida marina al perderse la capacidad de regulación del pH por absorción de CO2, mientras que la carga de aerosoles se mantiene en riesgo y la capa de ozono destaca como el único factor en recuperación hacia finales de siglo gracias a la cooperación internacional.

Todos estos problemas ambientales demuestran una desigualdad en la responsabilidad ambiental que deriva del modelo capitalista de producción y consumo, en donde el 10% más rico de los consumidores globales es responsable de entre el 31% y el 67% de las transgresiones en los límites planetarios. Esta estructura evidencia que el conflicto no es solo biológico, sino de clase y de distribución de poder. Por ejemplo, las guerras y la militarización actúan como un sistema que ignora los límites del planeta para priorizar la riqueza. Las guerras consumen recursos, destruyen la naturaleza y castigan a quienes intentan defenderla para poder obtener más recursos y enriquecer a unos cuantos.

Pero, a pesar de todo este panorama tan desalentador, existen alternativas y acciones globales que ayudan a mejorar las condiciones del planeta. Por ejemplo, la educación ambiental es indispensable para concientizar a las personas y cuestionar la relación directa entre crecimiento económico, bienestar social y sostenibilidad ambiental. Debe ser una educación para la transición ecológica y una globalización alternativa. Es muy importante que la educación ambiental enseñe que los seres humanos somos biológicamente ecodependientes y que nada nos protege del colapso si los límites planetarios son destruidos.

Además, necesitamos pasar a una economía circular. Esto significa dejar de «extraer, usar y tirar» para centrarnos en tres reglas: eliminar los desechos, usar las cosas por más tiempo y ayudar a que la naturaleza se recupere.

Reconocer nuestros límites no es una derrota, sino el primer paso para reconstruir una relación digna con el planeta. La transición hacia una vida sostenible exige transformar nuestra conciencia para proteger los procesos que sostienen la vida. 

 

  • Caride Gómez, J. A. y Meira Cartea, P. Á. (2020). La educación ambiental en los límites, o la necesidad cívica y pedagógica de respuestas a una civilización que colapsa. Pedagogía Social: Revista Interuniversitaria, (36), 21-34.
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Alejandra López Valenzuela

 

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