LO QUE NO VEMOS TAMBIÉN IMPORTA: ¡COLIFORMES EN EL AGUA!

LO QUE NO VEMOS TAMBIÉN IMPORTA: ¡COLIFORMES EN EL AGUA!

El agua que tenemos en la Tierra es siempre la misma. No se crea ni se destruye: circula una y otra vez a través de ríos, lagos, mares, nubes, plantas, animales y personas. La que usamos hoy para beber o bañarnos ha sido utilizada miles de veces antes y volverá a pasar por el ciclo natural. Parece que lo olvidamos y este recordatorio es fundamental: el agua potable es limitada y lo que hacemos con ella, beneficioso o malo, regresa a nosotros.

Para que podamos llamarla agua potable, debe cumplir con estándares de calidad que aseguren que no dañe nuestra salud. A simple vista, el agua puede parecer limpia, pero existen contaminantes invisibles que no se detectan sin análisis especializados. Un ejemplo es la detección de las bacterias coliformes, que indican contaminación fecal y alertan sobre la posible presencia de enfermedades gastrointestinales; otro ejemplo son los huevos de nemátodos, parásitos microscópicos que también pueden encontrarse en el agua.

La presencia de bacterias coliformes se mide en el laboratorio sembrando muestras de agua en medios de cultivo que permiten identificar si crecen bacterias características. El número de colonias formadas indica si el agua es segura o no. En el caso de los nemátodos, se emplean métodos de filtración y observación microscópica para localizar los huevecillos en el sedimento. Estos análisis biológicos se complementan con pruebas físicas y químicas que miden parámetros como turbidez, pH, oxígeno disuelto, concentración de sales, metales pesados o compuestos tóxicos.

Por esto son tan importantes las plantas de tratamiento de agua en general; el proceso comienza con una etapa primaria de separación física: rejillas y tamices retienen objetos grandes como plásticos, ramas o trapos; después, en las cámaras de arena y sedimentación, se eliminan partículas inorgánicas como piedras, lodo y restos más pesados. En una segunda fase, generalmente biológica, diferentes microorganismos descomponen la materia orgánica en tanques de aireación, transformando compuestos como la urea o el amoníaco en sustancias menos dañinas. Finalmente, el agua pasa por procesos de clarificación y desinfección, por ejemplo con cloro, que eliminan bacterias y virus. Gracias a este ciclo, el agua que regresa a la comunidad cumple con los criterios de calidad que permiten su uso sin riesgos.

Este es un esfuerzo mayor; la cantidad de agua que contaminamos es inmensa, es parte de todas nuestras actividades económicas, sociales y de esparcimiento, para cuidar de nuestra salud y en la alimentación. Sin tratamiento, el agua que baja por los desagües de casas, baños, cocinas y calles llegaría cargada de bacterias y sustancias químicas, además de residuos sólidos, a los ríos y lagos. Con el tratamiento adecuado, más del 90% de los contaminantes pueden eliminarse, lo que evita riesgos sanitarios y protege los ecosistemas.

En el Colegio Madrid, la construcción de una planta de tratamiento es para convertir aguas residuales y pluviales en un recurso útil para sanitarios y riego. El proceso inicia con filtración física para eliminar sólidos grandes, sigue con un tratamiento biológico que aprovecha microorganismos benéficos para degradar jabones y detergentes, y culmina en la etapa de desinfección con luz ultravioleta (UV). La luz UV representa una de las tecnologías

más seguras y sostenibles en el saneamiento de agua porque, a diferencia del cloro u otras sustancias químicas, no deja residuos ni genera subproductos dañinos. Su acción consiste en dañar el material genético de bacterias, virus y parásitos, impidiendo que se reproduzcan. Esto asegura que el agua tratada quede libre de bacterias coliformes, huevos de nemátodos y otros patógenos. El resultado es un recurso limpio que, aunque no se destina al consumo directo, cumple con los estándares necesarios para su uso seguro dentro del Colegio.

Cuidar el agua en el Colegio implica dos compromisos: valorar la infraestructura que nos permite reutilizarla de forma segura y asumir prácticas cotidianas que reduzcan su desperdicio y contaminación. Recordemos que cada gota que usamos regresa al ciclo; mantenerla limpia y segura depende de nuestras acciones. Entonces, no es solo cerrar la llave y evitar el desperdicio, también hay que reconocer la importancia de las plantas de tratamiento y de la vigilancia constante de su calidad. La salud de toda la comunidad depende de que el agua cumpla con los estándares de potabilidad, lo que significa que no contiene organismos ni sustancias que nos hagan daño. Cada vez que abrimos una llave, recordemos que detrás hay un proceso científico, técnico y humano que permite que esa agua sea segura. La sostenibilidad empieza entendiendo que el agua potable es finita, que cuidarla es una responsabilidad compartida y que nuestra vida depende de ello.

Mariana Esquivelzeta Rabell

 

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